Desde que llegamos nos encantó. Ultramoderna con unos rascacielos que se encuentran de los más altos del mundo, como las torres gemelas Petrona. KL como la llaman allí es una ciudad muy cosmopolita donde conviven muchas religiones y culturas diferentes. Es una ciudad moderna y antigua a la vez.   Nos hospedamos en el Mandarín Oriental, que ya nos enamoró cuando estuvimos en la misma cadena en Bangkok. Teníamos muchas ganas de volver y realmente merece la pena. ¡Lujo asiático, de verdad! Desde nuestra habitación en el piso 27 teníamos vista a las Torres y toda la ciudad. Llegamos a las 6.30 de la mañana así que desayunamos y a descansar antes de aventurarnos a la ciudad.

Nuestra primera visita después de haber descansando fue visitar en las afueras de la ciudad las Batu caves o Cuevas Batu.   Es una colina de piedra caliza, que tiene una serie de cuevas convertidas en templos La cueva es uno de los santuarios hindúes más populares fuera de la India, y está dedicado a Murugan. Es el punto focal de un festival hindú  “Thaipusam”  en Malasia y que suerte tuvimos que sin planificarlo llegamos justo para su celebración anual más importante el Thaipusam 2018.  Después de enterarnos un poco como funcionaba el metro y cercanías nos dispusimos a viajar como los locales y encontrar las cuevas. Fue relativamente fácil, casi todo el mundo   en Kuala Lumpur habla inglés y todo está tanto en su idioma como inglés. Algo que definitiva ayuda como luego pudimos comprobar en nuestros siguientes destinos donde comunicarse es todo un reto, aunque con una sonrisa, determinación y paciencia uno puede ir a cualquier sitio.

Las Batu Caves fueron impresionante y más siendo la fiesta que era. Había muchísima gente y estaba lleno de puestos callejeros, música, comida. Las cuevas en si espectaculares y al día siguiente tuvimos unas agujetas que no veas de subir tantas escaleras.

El resto de los días descubrimos la ciudad en bus y metro. Mercados artesanales, comida buenísima, centros comerciales de escándalo, vimos cómo hacen el batik en un centro artesanal, llover como si se acababa el mundo y masajes baratísimos.  La última noche subimos al mirador de las Torres Petronas  y fue fantástico. Cuatro días intensos, agotadores y enriquecedores. Nos quedamos con ganas de más, pero siempre se puede volver.

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Written by Cristina Costa
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